Desde el rostro/expresión el otro se revela en una relación radicalmente distinta a la que se puede tener con cualquier objeto de conocimiento. En la duda cartesiana yo comienzo a dudar porque no estoy seguro, inicialmente, de la distinción entre res cogitans y res extensa: puedo pensar en una mesa, puedo soñar una mesa, de manera que “mesa” está en mi cogito, así que cuando veo esta mesa, que uso, que está frente a mi, dudo de que “exista”, pues cabe la posibilidad que también ella sea una creación de mi pensamiento –por ello una de las inquietudes iniciales de Descartes es distinguir el sueño de la vigilia. Pero en sus meditaciones Descartes nunca se detuvo a considerar la aparición, y sobre todo la expresión de un otro. Cuando el otro se acerca y me habla, ¿lo que dijo ya estaba construido en mi cogito? No hay que confundir esto con el conocimiento de un lenguaje, de los significantes; el sentido de la expresión del otro no depende en absoluto en absoluto de mi, inesperado e inaprensible por anticipado, escapa absolutamente de mi, como la idea de infinito (que Descartes ubica en Dios): el otro es la idea de infinito de acuerdo con Levinas. De lo único que puedo dejar de dudar como si fuera una ilusión no es del cogito, sino del otro, porque al aparecer como totalmente inesperado, como tout autre, escapa de mi, existe independientemente de mi, me muestra que él existe. Por esta razón Levinas encuentra la trascendencia en el otro.
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